Los espejos pueden ser cóncavos, convexos, tener diversas formas: los hay cuadrados, rectangulares, redondos. Hay espejos rotos, espejos enmascarados bajo una película de polvo, espejos opacos, espejos enormes y espejos de bolsillo.
Sin embargo, los espejos no miran, sólo dejan ver; no brillan con luz propia ni generan sombras; no crean e imaginan sino que plagian la caricatura que osa enfrentarse a ellos. Y eso es lo que devuelven: reflejos, tan sólo eso, reflejos, imágenes casi perfectas de lo que está al otro lado de su propia realidad, que no llega a ser nada más que pura ficción.
Pero los reflejos en realidad no son copias exactas de lo real. Son, como algunos dicen, imágenes especulares, devuelven en distinto sentido una imagen cambiada. Si saludo con mi mano derecha, me devolverá el saludo una mano izquierda.
Es por eso que cuando nos reflejamos en otras personas, no buscamos imágenes exactas o copias calcadas de ellas en nosotros o de nosotros en esas personas. Porque no hay dos personas iguales, cada cual con sus gestos, chistes, bromas, andanzas, tristezas, lágrimas, derrotas, caídas y sinsabores, cada cual dibuja su propia historia con su propio lapicero, borra lo que no le gusta con su propia goma y cambia de cuaderno o pasa de página cuando mejor cree. Sin embargo, para todos los lapiceros son los mismos, las hojas DIN-A4 y las gomas perfectamente cuadradas y nuevas.
Buscamos en nuestros reflejos historias, ¿por qué? Quizás para comparar, porque las pequeñas historias, los detalles ínfimos son radicalmente opuestos, pero la base, el cimiento de todo sigue siendo el mismo. Tú también has saltado alguna vez de alegría, tú también has llorado cuando perdiste a alguien, no importa que se llamara Alfonso o Noelia, lo importante es que la oquedad en el pecho es la misma, la rabia era exacta, la desazón parecida. Hemos, has, he corrido hasta que me faltaba el aire, hasta que el corazón se me salía del pecho, sintiendo el viento en la cara y apretando los dientes para seguir una décima de segundo más.
Tú y yo y todos, todos los que somos uno, pero seguimos siendo todo, hemos volado a algún lugar ficticio, sólo cerrando los ojos o abriendo un libro. Hemos querido, sí, a veces no tanto, y a veces hasta que nos dolían las uñas de los pies, y también hemos odiado, no tienen por qué ser sentimientos encontrados, en muchas ocasiones van parejos, cuando la vida voltea nuestro mundo y lo cambia a algo inverso.
Sí, también hemos reído a carcajadas, quizás por chistes diferentes, por situaciones distintas, con personas de otra tez, de otros ojos, de otra estatura, pero la risa, en fin, la carcajada era la misma, tan estruendosa que te dolían los dientes, la mandíbula, la barriga. También hemos tenido sed, hambre, dolor, pinchazos, nervios, parecía que el mundo se paraba en ese instante y sin embargo algo, no sé bien el qué, un pequeño engranaje nos ha empujado a seguir un poco más, a caminar un poco más, a saltar un poco más.
Hemos, has, he abrazado a alguien hasta que nos fallaron las fuerzas, besar a alguien con rabia, con ternura, con sinceridad, incluso con odio, con lágrimas en las mejillas o con las orejas coloradas de frío. También, por qué no, hemos mirado a los ojos a alguien, pero mirando más allá, no sólo el color, hemos buceado en las pupilas de una persona, tanto que hasta nos dio miedo, y da igual que fuera tu padre, mi abuela o su hermano, pero hemos sentido que teníamos algo enraizado en esa persona, algo de nosotros mismos quedó en esa persona y se prendió luego en la nuestra.
Hemos hecho tantas cosas distintas en tantos sitios diferentes que acordarme de todos: de los tuyos, de los míos, de los nuestros, de los suyos, sería imposible, pero ya ves, a cada palabra que llevo escrita me he acordado de algo, de alguien, de algún lugar, de alguna fecha. Simplemente, lo que nos diferencia son esos “algunos”, pero la vida resulta la misma aunque sea radicalmente opuesta.
Por eso los espejos no dan imágenes perfectas, sólo imágenes especulares, puedes (o podés o you can) llamarlos cuasirreflejos, esto quizás te funcione, imprime en cada persona un algo, y cada hecho te devolverá un fotograma que se prenderá en tu memoria. Algún día, robarás de tu cabeza y de tu retina risas, lágrimas, besos, abrazos y voces, tan sólo una canción, un ruido, un olor, una palabra o una persona puede abrir la caja de Pandora, y entonces entenderás, entenderé, entenderemos que sólo somos estrellas en la noche, puntos minúsculos en un universo infinito.